Parashat Bo

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Resumen de la Parashá: Han caído siete devastadoras plagas sobre Egipto, pero el Faraón sigue firme en su propósito de no liberar al pueblo de Israel.

Se le advierte al Faraón que vendrá una nueva plaga: invasión de langostas. El monarca egipcio ofrece liberar a los varones israelitas, no así a las mujeres y los niños. Moshé rechaza la oferta, y las langostas invaden Egipto. El Faraón les dice a Moshé y a Aharón que se ha dado cuenta de su error, y les pide que rueguen a D´s para que quite esa plaga. Pero cuando las langostas desaparecen, el Faraón retorna a su obstinada negativa.

Viene, pues, una novena plaga: una oscuridad absoluta que envuelve la tierra de Egipto durante seis días. No obstante, los israelitas tienen luz en sus viviendas. El Faraón le dice a Moshé que los israelitas pueden irse, siempre y cuando dejen todo su ganado en Egipto. Pero Moshé no acepta.

D´s le avisa a Moshé que vendrá una última plaga, tras la cual el Faraón dejará ir a los israelitas. Esta plaga consistiría en la muerte de todos los primogénitos egipcios. Moshé hace la advertencia al Faraón, pero este continúa endurecido.

D's le indica a Moshé que el décimo día del mes de Nisán, el jefe de cada familia israelita debía apartar un cordero, para mantenerlo hasta la noche del día decimocuarto, ocasión en la que debía ser sacrificado. Parte de la sangre sería salpicada sobre el marco de la puerta de la casa, como una señal de protección para los primogénitos de Israel. Esa noche, la carne del sacrificio debía ser asada y comida con pan sin leudar y hierbas amargas.

Desde entonces esa festividad ha sido observada anualmente como Pesaj, como recordatorio de la liberación de Egipto.

Los israelitas, pues, celebran el primer Seder de Pesaj. A medianoche, tal como había sido anunciado, mueren todos los primogénitos egipcios, incluyendo al hijo del Faraón.

El Faraón, quebrado, manda llamar a Moshé y Aharón, y les dice que Israel es libre de marcharse. Moshé comunica la orden a los israelitas, y esa misma noche salen de Egipto.

D's le da algunas ordenanzas mas a Moshé en cuanto a Pesaj, así como las leyes relativas a la consagración de los primogénitos, y a los tefilin.

Comentario: La parashá de esta semana se llama Bo, que significa "ven". El nombre deriva del versículo de apertura de la sección, en el que D's instruye a Moshé "ven al Faraón" para advertirle de la octava plaga. La frase "ven al Faraón" (que en la mayoría de las traducciones modernas figura como "ve al Faraón" o "entra a la presencia del Faraón") ha sido objeto de controversia entre los comentaristas. Hay quienes sostienen que, implícitamente, D´s le estaba prometiendo a Moshé que lo acompañaría cuando se enfrentara al soberano egipcio: así, el "ven" significaría "ven conmigo al Faraón".

Otro significado que se ofrece para la frase "Ven al Faraón" es el siguiente: Moshé estaría siendo invitado por D's a encontrarse con la esencia más interior del amo y señor de Egipto; "ven" se traduciría como "ingresa a su interior". Según esta explicación, para liberar al pueblo de Israel no bastaba con meramente ir al Faraón: Moshé debía introducirse en el núcleo del monarca, en la raíz misma de su poder.

¿Y cuál era esta raíz? La iniquidad del Faraón no se definía por su paganismo, ni por el hecho de ser un esclavista (en estos sentidos, no era muy diferente a cualquier rey de esa época), sino por su egocentrismo, por considerarse a sí mismo la fuente y norma de todo. De hecho, el profeta Iejezkel (Ezequiel) describe simbólicamente al Faraón, no sin humor, como un gran reptil asentado en las aguas, que dice "Mío es el Nilo, pues yo lo hice" (Iejezkel 29:3)

El egocentrismo puede parecer algo inocuo en comparación con otros actos de crueldad y depravación, pero es la fuente y esencia de todos ellos. Cuando la persona considera su ser y necesidades árbitro definitorio de lo correcto e incorrecto, su moralidad -y podría ser inicialmente el más ético de los hombres- está despojada de valor. Semejante persona es, en última instancia, capaz de cualquier acto, de considerarlo crucial para sí mismo o para su auto-definida visión de la realidad.

En definitiva, cada acto negativo es un acto de auto-deificación. Cuando infringimos deliberadamente la voluntad divina –ya sea con una transgresión menor o con un crimen atroz- estamos diciendo: "Mío es el Nilo, pues yo lo hice: yo soy el amo de mi realidad, yo soy mi propio dios". Pero cuando sometemos nuestro Yo al Creador y Sustentador de todo lo existente, nuestras vidas serán un reflejo suyo, haciendo de este mundo un lugar mejor.

"Yo Soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en Mí, y Yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de Mí nada podéis hacer" (Iojanán 15:5)

¡Shabat Shalom!!!

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